A media cuadra de Reforma, sobre la calle de Amberes, hay un
pequeño local todo pintado de rosa, de unos treinta metros
cuadrados. Tiene fotos de chicas en las paredes, una esfera de
espejos en el techo, dos sillones asimétricos de plástico rojo y
ocho mesas con sillas metálicas.
Junto a la entrada, cinco mujeres de pantalón y chaqueta se
reparten las cervezas de una cubeta. En otra mesa, dos muchachos y
una chica beben y fuman. Más allá, una gordita de cabello largo y
rizado acaricia la cabeza de su acompañante, una chica de aspecto
andrógino y gafas de montura negra.
Un muchacho cuida las mochilas de otras dos jóvenes que se besan
largamente en la boca, una en las piernas de la otra, mientras se
escuchan consecutivamente música country, electrónica lounge y
baladas pop en español.
Y en la mesa de en medio, justo frente a mí, están sentadas Sully
y Wendolyn: una en cada lado de la mesa, rozàndose los dedos de las
manos y miràndose a los ojos. Son delgadas, traen el cabello suelto
y no llevan maquillaje.
Sully, de blusa blanca con florecitas, repentinamente cambia de
silla para acercarse a Wendolyn y acariciarle la pierna. Me cuenta
que le gustaba jugar al doctor con las niñas desde que estaba en la
primaria, y que nunca tuvo problemas por eso… hasta que su mamá la
descubrió en la cama con una amiga que se había quedado a dormir, y
así desnuda como estaba la corrió.
Tenía quince años y acababa de terminar la secundaria. Se fugó de
su casa, perdió un año de estudios y fue forzada a tomar
psicoterapia. Ahora tiene veinticinco, y tiene el corazón arrobado.
Wendolyn, por el contrario, trató de no demostrar sus
preferencias desde los 13 años; pero cuando tenía 18 se enamoró de
otra chica y sus familiares se dieron cuenta. Cuando ellos
consiguieron otro hogar le cedieron la vieja casa, donde vivió seis
años con aquella mujer. Ahora tiene 26.
Sully y Wendolyn eran vendedoras de tarjetas de descuento. Se
conocieron en un evento de la compañía. Durante tres semanas
compartieron habitación con diferentes personas, y la última les
tocó estar juntas.
Pero durmieron muy quietecitas cada una por su lado, en la misma
cama, pues no supieron una de la otra sino hasta la mañana del
último día: Wendolyn le dijo a Sully que era gay.
Sully se quedó paralizada mientras le latía con fuerza el corazón, y
no se atrevió a hacer nada.
En otro evento, un mes después y gracias un amigo gay que sirvió como Celestina, se metieron juntas al baño y se dieron un
beso. Alguien se dio cuenta y fue a decirle al supervisor que las
encontró teniendo sexo oral; pero la maledicencia no prosperó.
Un año después yo las encuentro por casualidad en ese barcito
rosado. Resulta que tienen un nuevo empleo, en una cadena de
ópticas. Esta mañana fueron a una entrevista de trabajo y las
aceptaron. Asistieron las dos juntas, y creen que allá sí se dieron
cuenta de que son pareja: “hasta nos preguntaban si no había
problema por que nos mandaran a diferentes sucursales”.
La Zona Rosa más gay
En cuatro o cinco años la Zona Rosa se ha convertido –así como el
Castro en San Francisco y Chueca en Madrid- en “el barrio gay” de la
Ciudad de México. Las calles de Amberes, Florencia, Hamburgo y sus
alrededores se han llenado de bares, cafés, discotecas y tiendas de
regalos donde proliferan las banderitas arcoiris y chicos joteando
con toda libertad desde el Metro Insurgentes hasta el Ángel de la
Independencia.
La mayoría son hombres, pero también hay muchos grupitos y
parejas de lesbianas jóvenes que caminan abrazadas por la calle.
Entran a tomarse unas cervezas en el Pussy Bar (como Sully y
Wendolyn), o una copa de vino sin alcohol en BGay-BProud; y en la
noche se van a ligar a las discotecas: los jueves al Lipstick y los
domingos a CabaréTito VIP, según su estilo.
Sin saberlo, las chicas disfrutan aquí los frutos tres décadas de
lucha por la visibilidad y el reconocimiento de los derechos
humanos, que han logrado ya la promulgación de leyes que condenan la
discriminació
Leyes contra la discriminación
Las reformas al artículo 206 del Código Penal del Distrito
Federal publicadas el 25 de enero de 2006 establecen que las
personas que discriminen pueden ser enviadas a la cárcel entre uno y
tres años, o ser obligados a trabajar entre 25 y 100 días a favor de
la comunidad, además de pagar una multa de 50 a 200 días de salario
mínimo.
Este artículo (originalmente el 281-bis) habla expresamente de
actos discriminatorios por los siguientes motivos: edad, sexo,
embarazo, estado civil, raza, precedencia étnica, idioma, religión,
ideología, orientación
sexual, color de piel, nacionalidad, origen o posición
social, trabajo o profesión, posición económica, características
físicas, discapacidad o estado de salud.
Las conductas penalizadas son: provocar o incitar al odio o la
violencia; vejar o excluir a una persona o grupo; así como negar o
restringir derechos laborales. Además, prevé la destitución e
inhabilitación de servidores públicos que nieguen o retarden un
trámite, servicio o prestación por los motivos mencionados arriba.
La Asamblea Legislativa del Distrito Federal podría aprobar la
Ley para Prevenir y Erradicar la Discriminación (local) durante su
periodo de sesiones de marzo. El debate es si debe contemplar
medidas de castigo, porque la ley federal sólo contempla medidas de
prevención y de conciliación.
La Ley Federal para Prevenir y Eliminar la Discriminación,
vigente en todo el país desde el 11 de junio del 2003, reglamenta el
artículo 1º Constitucional (que en su párrafo tercero dice está
prohibida la discriminación en México) y da origen al Consejo
Nacional para Prevenir la Discriminación, Conapred.
Esta es la institución ante la cual se puede poner una queja si
el presunto responsable de la conducta discriminatoria es un
particular; o una reclamación si se trata de un servidor público
federal. Su función es conciliar entre las partes, y en caso
necesario, orientar a la parte agraviada sobre las alternativas
legales a su disposición. No se necesita tener abogado y sus
servicios son gratuitos.
La Conapred colabora con otras instituciones y grupos civiles
para generar una cultura de no discriminación, y lleva a cabo
campañas como la que hace un año intentaron detener grupos
conservadores, a quienes les pareció incorrecta la difusión de
carteles y promocionales de radio contra la homofobia.
La intención de estos grupos no prosperó porque en México –al
menos, públicamente- cada vez hay mayor tolerancia, e incluso se
aplican tratados internacionales que prohiben la discriminación, y
que pueden consultarse en: http://www.conapred.org.mx/index.php.
Los pendientes
Sin embargo, en el interior del país la situación todavía es
difícil. A diferencia de la Ciudad de México, donde cafés, bares y
discotecas ofrecen espacios para la convivencia lésbica abierta, en
otros lugares de la República las chicas sólo pueden expresarse
abiertamente en espacios como los clubes de fútbol o softbol.
La fundadora del grupo Nueva Generación de Jóvenes Lesbianas e
impulsora de la primera campaña contra la violencia entre mujeres,
Martha Cuevas, frecuentemente recibe llamadas telefónicas y correos
electrónicos “de chicas de los estados, de Sonora, de Tabasco,
diciéndome ¿cómo le hago para tener un grupo? Se sienten solas, es
la queja”.
Ahí es mejor mantener un “bajo perfil”, como lo expresa una de
las entrevistadas por la investigadora Guadalupe Hernández en
Culiacán: “Mientras todo este bien y mi familia este en armonía yo
no voy a decirlo, ya que mis hermanos nos tratan con respeto porque
nosotras nos lo hemos ganado, porque no nos besamos enfrente de
ellos, ni hacemos escándalo, ni nos ponemos en evidencia”.
El respeto se obtiene, según esto, gracias al ocultamiento.
Gracias a que los afectos más profundos se mantienen en secreto, o
como se dice en la jerga de lesbianas, gays, bisexuales y
transgéneros (LGBT) a “estar en el clóset”.
Eso resulta más cómodo, aunque signifique que no le puedan contar
a su ginecólogo que tienen relaciones sexuales con otra chica; que
no puedan tener un crédito de vivienda por parte del trabajo de su
pareja; o que no tengan quien las ayude si su chava las maltrata.
Porque a diferencia de lo que pasa con Suly y Wendolyn, que ríen
felizmente y se besan sin empacho en las calles y los antros de la
Zona Rosa, fuera de este oasis la mayoría de las lesbianas, a los
ojos de los demás, unos cuatro millones de lesbianas mexicanas son,
simple y sencillamente, invisibles.
La intolerancia que persiste
Otro de los pendientes en investigación y elaboración de
políticas públicas es enfocar a las lesbianas como un sector
específico de la población homosexual.
Aun así, las cifras existentes dan para reflexionar:
• 66% de los mexicanos no compartiría techo con una persona
homosexual: Encuesta Nacional de Cultura Política y Prácticas
Ciudadanas 2001. Segob/IFE.
• El 71% de los jóvenes no apoyaría los derechos homosexuales:
Encuesta Nacional de Juventud 2000. Instituto Mexicano de la
Juventud/SEP
• Por causa de su orientación
sexual, 25 a 30% de las y los homosexuales fue humillado
durante su infancia y adolescencia. 30% ha sufrido discriminación
policíaca, 21% laboral (no lo han contratado) y 11% escolar (le han
negado el ingreso): "La relación entre opresión y enfermedades entre
lesbianas, bisexuales y homosexuales", Departamento de Salud de la
UAM-X, 2001.
• De 1995 a 2003 se han contabilizado en la prensa 15 mujeres
asesinadas por lesbofobia en siete entidades de la República. Por
cada uno de ellas habría tres casos sin denunciar, total: 60
ejecuciones: Informe Preliminar 2003 de la Comisión Ciudadana Contra
Crímenes de Odio por Homofobia.
DF vs estados
La investigadora Guadalupe Hernández, del Instituto de las
Mujeres y el Liderazgo en Sinaloa, ha documentado diferencias entre
ser lesbiana en los estados y en la capital, gracias a dos estudios cualitativos:
La cara pública de la lesbianidad en el Distrito Federal (Colegio de
México, 1994-1996) y Homoeróticas-heterosociales: las mujeres
bisexuales y lesbianas en Sinaloa (Instituto Mexicano de Sexología,
en proceso). Estos son algunos de sus hallazgos, que no se pueden
generalizar para todo el país, pero muestran una tendencia observada
en otros lugares:
• En provincia, la vida lésbica inicia más tarde: a las
capitalinas les gustaron las mujeres a los 13 años; a las
sinaloenses a los 18-19. La primera relación con otra mujer en la
Ciudad de México fue a los 20 años; en Sinaloa, a los 20-23.
• La identidad también se construye más tarde: las sinaloenses
empezaron a referirse a sí mismas como “soy lesbiana” o “soy
bisexual” cuatro años después de la primera relación; las
capitalinas, al año siguiente.
• Disimulo en los estados: hasta un 30% de las participantes en
los grupos de enfoque admitieron haberse casado y haber tenido hijos
para evitar problemas familiares (ya después se divorciaban).
• En la capital asumir actitudes “masculinas” se considera
valioso, como si desplegar iniciativa, fuerza y un aspecto andrógino
fuera un derecho ganado; en los estados eso parece una amenaza: las
chicas no se quieren ver “muy obvias” por temor a la discriminación.
• En provincia se vive mucho “en el clóset”: a las preguntas
¿cuántas personas de tu trabajo lo saben?, ¿y de tu familia?, ¿y tus
amistades?, la respuesta más frecuente fue que “muy pocas”. Cuando
la investigadora preguntaba si tenían miedo, la respuesta era “que
no, pero que así estaba bien” Grabiela Granados
Paulina Millán, investigadora del Instituto Mexicano de
Sexología (Imesex)
Brujas, marimachas y delincuentes: la historia del movimiento
lésbico en México:Cecilia Riquelme
Ugarte.
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