En
los años 80 se produjo un repentino entusiasmo
por la obra de los Maestros del postmodernismo -Lacan,
Foucault y Derrida- seguido de su incorporación
a la teoría feminista. Algunas críticas
feministas han señalado que este hecho causó
cierta despolitización del feminismo. En el
campo de la teoría lesbiana y gay la obra de
las grandes figuras masculinas del postmodernismo,
así como la de otros teóricos inspirados
por ellos, ha sido acogida con más entusiasmo
aún. No debe sorprender que la llamada teoría
lesbiana-y-gay, a saber, aquella que homogeneiza a
lesbianas y varones gays, resulte tan atractiva a
los ojos de estos últimos. Todo lo que remita
de forma demasiado explícita al feminismo es
contemplado con suspicacia. En el momento actual el
proyecto de elaborar una teoría lesbiana independiente
aparece como una empresa extravagantemente separatista.
las estrellas de la nueva teoría lesbiana-y-gay,
Judith Butler y Diana Fuss, son ambas mujeres, aunque
se dedican a reciclar un feminismo fundamentado en
los Maestros postmodernos -en su mayoría gays-
que no hiera la sensibilidad de los gays. No es una
empresa fácil. ¿Cómo lograr,
pongamos por ejemplo, que el fenómeno del travestismo
se considere no ya aceptable sino revolucionario en
la teoría lesbiana y gay., cuando ha sido un
tema sumamente controvertido para la teoría
feminista desde que las lesbianas se distanciaron
del movimiento de liberación gay? Sólo
se logra con un retorno al género, con la invención
de una versión inofensiva del género,
con la que las lesbianas y los gays podrán
jugar eternamente y ser revolucionarios al mismo tiempo.
La versión del género introducida por
la teoría lesbiana y gay es muy distinta del
concepto de género de las teóricas feministas.
Se trata de un género despolitizado, aséptico
y de difícil asociación con la violencia
sexual, la desigualdad económica y las víctimas
mortales de abortos clandestinos. Quienes se consideran
muy alejadas de los escabrosos detalles de la opresión
de las mujeres han redescubierto el género
como juego. Lo cual tiene una buena acogida en el
mundo de la teoría lesbiana y gay porque presenta
el feminismo como diversión, y no como un reto
irritante.
Un análisis preliminar de quiénes son
estas nuevas portavoces de la teoría lesbiana
y gay nos puede ayudar a comprender la elección
de esta política en concreto. Mientras que
las feministas destacas de los 70 solían tener
una formación profesional en ciencias políticas,
historia, y sociología, esta nueva variante
procede de los estudios literarios y culturales, así
como de los estudios fílmicos. Tomemos como
ejemplo el libro compilado por Diana Fuss , Inside/Out.
Lesbian Theories, Gay Theories. Judith Butler ejerce
la docencia en un Centro de Humanidades y, por consiguiente,
no pertenece necesariamente al campo de la crítica
cultural. Las dieciocho autoras restantes proceden
del campo de la literatura, los medios de comunicación,
los estudios fílmicos, la fotografía
y la historia del arte. No hay razón por la
que una crítica del arte no pueda realizar
una aportación valiosa al desarrollo de la
teoría política; sin embargo, tal vez
sea un signo preocupante que todo lo que la nueva
generación de alumnas y profesoras lesbianas
y alumnos y profesores gays denominan "teoría"
proceda del mundo de las artes y no de las ciencias
sociales. Tal vez así se explique el hecho
de que en esta nueva teoría no haya lugar para
el anticuado tema de las auténticas relaciones
de poder, ni tampoco para la economía o para
una forma de poder que no anda simplemente jugueteando,
sino que se encuentra en manos de clases y elites
determinadas. la teoría postmoderna otorgó
un lugar preeminente al lenguaje dentro de lo político:
la palabra se tornó realidad, el crítico
cultural se convirtió en activista político,
blandiendo la pluma mientras el ama de casa maltratada
por su marido por olvidar una telaraña en un
rincón se vuelve extrañamente invisible.
Fijémonos ahora en las autoridades que cita
la nueva teoría lesbiana y gay. En las notas
de su introducción, Diana Fuss cita a Judith
Butler, a Lacan, en varias ocasiones a Derrida, a
Foucault y a nueve varones y dos mujeres más.
Lo cual resulta verdaderamente sorprendente, teniendo
en cuenta el importante corpus de teoría feminista
lesbiana original que podría servir de fuente
de inspiración; pero estas obras no existen
para la nueva teoría lebiana y gay. No hay
referencias a Mary Daly, Audre Lorde, Janice Reymond,
Julia Penelope, Sarah Hoagland o Charlotte Bunch.
Estas separatistas del pensamiento que plantean una
teoría lesbiana donde los varones gays tienen
una difícil cabida, han desaparecido.
En la raíz del problema de género en
la nueva teoría lesbiana y gay se halla la
idea del predominio del lenguaje y de las oposiciones
binarias que procede de lacan y de Derrida. El lenguaje
adquiere una importancia sin par. Mientras que otras
feministas consideran el lenguaje un factor importante,
en medio del panorama de otras fuerzas opresoras que
perpetúan la opresión de las mujeres
-las restricciones económicas, la violencia
de los varones, la institución de la heterosexualidad-,
para las nuevas abogadas postmodernas de la teoría
lesbiana y gay el lenguaje se convierte en un asunto
primordial El lenguaje actúa a través
de la construcción de falsas oposiciones binarias
que controlan misteriosamente la manera de pensar
y, por consiguiente, de actuar, de las personas. Una
de estas parejas binarias -masculino/femenino- es
la más crucial para la opresión de las
mujeres así como de las lesbianas y de los
gays.
La feminista postmoderna excluye a los varones del
análisis. El poder se convierte, en sentido
foucaultiano, en algo que navega por ahí en
perpetua reconstitución, sin cometido real
y sin conexión alguna con las personas reales.
Por consiguiente, Judith Butler adscribe el poder
a ciertos "regímenes", afirmando
que "los regímenes de poder del heterosexismo
y del falogocentrismo persiguen su propio crecimiento
por medio de una constante repetición de su
propia lógica..." En otro lugar antropomorfiza
la heterosexualidad:
El
hecho de que la heterosexualidad esté en un
continuo proceso de autointerpretación es prueba
de que se encuentra en peligro constante: "sabe"
de su posibilidad de desaparecer.
¡Una
heterosexualidad con tesis doctoral! Un análisis
feminista normalmente preguntaría en interés
de quién o de qué se constituyen y operan
estos regímenes; la pregunta por su finalidad
no parecería estar fuera de lugar. Entonces
volverían a aparecer los varones.
El concepto de género que utiliza Butler se
encuentra igualmente alejado de todo contexto respecto
de las relaciones de poder
El género de la repetida estilización
del cuerpo, una serie de actos repetido dentro de
un marco regulador altamente rígido que a lo
largo del tiempo cristalizan, dando la apariencia
de una sustancia o de una existencia natural.
En
otro lugar afirma que "el género es una
forma de travestimo (drag). De esta forma el género
viene a significar una manera de sostener el cuerpo,
un atuendo, una apariencia, y no resulta sorprendente
la conclusión de Butler de que todas las formas
de intercambio genérico, como el travestismo
y los juegos de roles de las lesbianas, son actos
revolucionarios. No queda claro dónde encaja
en este entramado la vulgar y verdadera opresión
de las mujeres. Si un varón cruel maltrata
a la mujer con la que vive, ¿es porque ella
ha adoptado el género femenino en su apariencia
externa? ¿Su pondría una solución
para ella adoptar durante un día el género
masculino paseándose vestida con una camisa
de trabajo o zahones de cuero? cuando el género
se convierte en idea o en apariencia, la opresión
de las mujeres efectivamente desaparece. Algunas teóricas
feministas radicales han resaltado que la idea de
género tiende a ocultar las relaciones de poder
del sistema de supremacía masculina. El concepto
de género ha gozado siempre de la mayor aceptación
entre las teóricas feministas liberales y socialistas
y, más recientemente, entre las postmodernas.
Cuando en el pasado las teóricas feministas
de cualquier ideología política se referían
al género, siempre lo entendían como
algo que puede ser superado o sobreseído. Tanto
las feministas heterosexuales como las lesbianas se
han sentido insultadas cuando les llamaban femeninas
o masculina.s Se consideraban -y muchas así
lo siguen haciendo- objetoras de conciencia del género
y no querían ningún trato con éste,
resistiéndose a representar ninguno de ellos.
Algunas eligieron la vía de la androginia;
sin embargo, las teóricas feministas radicales
han apuntado las limitaciones de esta aproximación.
la idea de la androginia se apoya en la perpetuación
e los conceptos de masculino y femenino: es una supuesta
combinación de las características de
ambos y, por consiguiente, los reifica antes que abandonarlos.
durante más de veinte años las feministas
y feministas lesbianas han tratado de rebatir el género
negándose a actuar de acuerdo con sus reglas;
en la actualidad algunas feministas postmodernas han
calificado este proyecto no sólo de mal planteado
sino, además de imposible de alcanzar. Dentro
de la teoría feminista, Butler denomina movimiento
"pro-sexualidad" a aquel que mantiene que
la sexualidad "se construye siempre en términos
del discurso y del poder, entendiendo parcialmente
el poder como ciertas convenciones culturales heterosexuales
y fálicas". Corrobora esta definición
y afirma que resulta imposible construir una sexualidad
en los márgenes de estas convenciones:
Si
la sexualidad es una construcción cultural
dentro de las relaciones de poder existentes, el postulado
de una sexualidad normativa "antes", "en
los márgenes" o más allá"
del poder representa una imposibilidad cultural y
un sueño políticamente inviable que
demora la misión concreta y actual de repensar
todas las posibilidades subversivas, para la sexualidad
y para la identidad, dentro de los propios términos
del poder.
El
feminismo en su acepción habitual ha sido declarado
imposible. La teoría postmoderna se utiliza
para apoyar el proyecto libertario sexual y, más
concretamente, el sadomasoquista.
La mayoría de las feministas de los setenta
y de los ochenta probablemente se habrán encontrado
luchando en favor de la eliminación del género
y de la sexualidad falocéntrica. Hemos tratado
de crear algo nuevo y distinto. Ahora descubrimos
que perseguíamos un imposible. Mis jóvenes
alumnas lesbianas me dicen. "No hay duda de que
el género está presente en las relaciones".
No son conscientes de que con este comentario ofensivo
invalidan veinte años de lucha de las feministas
lesbianas contra esta situación. Resulta casi
tan frustrante como cuando, recién iniciada
en el feminismo, los hombres solían aleccionarme
sobre el carácter "natural" de la
femineidad y de la masculinidad. Los hombres ya no
hablan así, ahora lo hacen las postmodernas
y los postmodernos. Estas alumnas asumen, a consecuencia
de su consumo de lecturas teóricas postmodernas,
la imposibilidad de eludir el género. Según
Derrida, no se puede escapar a una oposición
binaria, sólo se puede dar mayor peso a la
parte más débil provocando presiones
y tensiones.
Quien pretende evitar el binario es tachada de esencialista.
El Término "esencialista" ha adquirido
un significado totalmente distinto y se emplea para
denotar a quienes conservan cierta fe en la posibilidad
de una acción social para conseguir un cambio
social. Tiempo atrás tal vez supiéramos
qué significaba el esencialismo. señalaba
la convicción de que a varones y a mujeres
les separaba una diferencia natural y biológica.
las feministas radicales, eternas misioneras del construccionismo
social, discrepaban de esta convicción, aunque
ciertas teóricas feministas de otros credos
hayan fingido lo contrario. La feminista postmoderna
Chris Weedon insiste en sus escritos en la desconcertante
afirmación de que las feministas radicales
empeñadas en transformar la sexualidad masculina
en interés de la liberación de las mujeres,
son en realidad deterministas biológicas convencidas
de la imposiblidad de todo cambio. lo que ahora se
denomina "esencialismo" es la fe de las
lesbianas en poder evitar el estereotipo de género,
o en la posibilidad de practicar una sexualidad que
no se organiza en torno al pene o a algún desequilibrio
de poder. El postmodernismo llama a esta convicción
esencialista por confiar en la existencia de una esencia
incognoscible del lebinismo. Todo lo conocido, o lo
pensable, está infudido por el género
y por el falocentrismo y el sistema sólo puede
cambiar mediante el juego dentro de sus reglas. También
se podría -tal vez incluso con más razón-
invertir el juego, acusando de esencialismo a quienes
aseguran que las lesbianas no pueden escapar del género
o del falocentrismo. Sin embargo, quisiera evitar
la invención y el lanzamiento de nuevas versiones
esencialistas. Basta decir que la idea del carácter
inevitable del género y del falogocentrismo
me parece una visión brutalmente determinista
y pesimista que consigue anular el proyecto feminista
de los últimos veinte años. Concuerda
con la tendencia general del postmodernismo a considerar
la militancia política y la fe en la viabilidad
de un cambio político como una actitud sospechosa,
ridícula e incluso vulgar.
Fijémonos ahora en lo que Butler entiende como
el potencial revolucionario del travestismo. La construcción
social del género es un viejo principio fundamental
del feminismo. No obstante, al igual que otros hallazgos
feministas tradicionales y muy manidos, parece nuevo
y fascinante a los ojos de las seguidoras del postmodernismo.
Y, efectivamente, es posible que lo sea para toda
una nueva generación de mujeres jóvenes
que no han tenido acceso a la literatura feminista
de los sesenta y de los setenta, puesto que ésta
no aparece en las referencias bibliográficas
de sus cursos. Buttler afirma que el potencial revolucionario
del travestismo y de los juegos de roles consiste
en la capacidad de estas prácticas para ilustrar
la construcción social del género. descubren
que el género no posee ninguna esencia ni forma
ideal sino que es tan sólo un disfraz (drag)
que usan tanto las mujeres eterosexuales femeninas
como los hombres heterosexuales masculinos, tanto
las lesbianas que juegan a roles como los travestis
gays sobre los escenarios, o los clónicos.
El
travestismo es una forma trivial de apropiarse, teatralizar,
usar y practicar los géneros; toda división
genérica supone una imitación y una
aproximación. Si esto es cierto -y así
parece-, no existe ningún género original
o primario que el travestismo imite, sino que el género
es una especia de imitación para la cual no
existe original alguno...
El
género, entendido como gestos, atuendo y apariencia,
puede, efectivamente, considerarse como disfraz, travestismo
o, en palabras de Butler, "representación"
(performance). A su modo de ver, la "representación"
demuestra la ausencia de un "sexo interno o esencia
o centro psíquico de género". Esta
supuesta estrategia revolucionaria, ¿cómo
puede traducirse en un cambio? No queda demasiado
claro.
¿Cómo, pues..., utilizar el género,
en sí mismo una inevitable invención,
para inventar el género en unos términos
que denuncien toda pretensión de origen, de
lo interno, lo verdadero y lo real como nada más
que los efectos del disfraz, cuyo potencial subversivo
debe ensayarse una y otra vez para así convertir
el "sexo" del género en el lugar
de un juego político pertinaz?
Al
parecer, el público que asiste a la función
de travestismo del género debe darse cuenta
de que el género no es ni "real"
ni "verdadero". pero, después de
darse cuenta, ¿qué deben hacer? Al acabar
la función de travestismo, ¿las mujeres
y los hombres heterosexuales volverán a casa
corriendo para deshacerse del género y anunciar
a sus parejas que no hay tal coas como la masculinidad
y la femineidad? No parece demasiado probable. Si
el género fuera realmente sólo una idea,
si la supremacía masculina se perpetuara sólo
porque en las cabezas de los hombres y de las mujeres
no acababan de prenderse las lucecitas necesarias
para poder descubrir el error del género, entonces
la estrategia de Buttler podría tener éxito.
Sin embargo, su concepción de la opresión
de las mujeres es una concepción liberal e
idealista. la supremacía masculina no sólo
s perpetúa porque la gente no se percata de
la construcción social del género o
por una desgraciada equivocación que tenemos
que corregir de alguna manera. Se perpetúa
porque sirve a los intereses de los varones. No hay
razón por la que los varones tengan que ceder
todas las ventajas económicas, sexuales y emocionales
que les brinda el sistema de supremacía masculina,
sólo por descubrir que pueden llevar faldas.
Por otra parte, la opresión de las mujeres
no sólo consiste en tener que maquillarse.
La imagen de un varón con falda o de una mujer
con corbata no basta para liberar a una mujer de su
relación heterosexual, mientras el abandono
de su opresión le puede causar un sufrimiento
social, económico y probablemente hasta físico,
y en algunas ocasiones la pérdida de su vida.
Según
las defensoras de los juegos de género, el
potencial revolucionario reside no sólo en
la asunción de un género en apariencia
inadecuado, a saber, la femineidad por parte de un
varón o la masculinidad por parte de una mujer.
Parece ser que también la representación
del género previsto puede ser revolucionaria.
Hace tiempo que esta idea ha estado presente en la
teoría gay masculina. Los gays que han descrito
el fenómeno del hombre clónico vestido
de cuero de los setenta no se pusieron de acuerdo
sobre el potencial revolucionario de este fenómeno.
Muchos teóricos gays mostraron su consternación,
cosa bien comprensible. A su entender, el modelo viril
de los gays traicionaba los principios de la liberación
gay, que trataba de destruir los estereotipos de género,
considerando las masculinidad un concepto opresivo
para las mujeres. Otros autores han resaltado el carácter
revolucionario del tipo masculino gay por su cuestionamiento
del estereotipo gay afeminado. Por otra parte, se
ha señalado que el potencial revolucionario
del gay masculinizado puede permanecer invisible,
puesto que el espectador desprevenido no lo reconoce
como gay sino que lo tiene simplemente por masculino.
¿De que manera debe saberlo? El argumento del
carácter políticamente progresista de
la masculinidad, que esgrimen los varones gays, parece,
por último, una simple manera de justificar
algo que ciertos gays desean o que les atrae. la aprobación
se inventó después del hecho, tal vez
porque algunos gays se dieron cuenta del carácter
retrógrado de la pose masculina que adoptaban
para "camuflarse", sentirse poderosos o
sexualmente atractivos y necesitaban justificarse.
El
retorno al género, que se ha producido en la
comunidad de los varones gays a partir de finales
de los setenta en términos de un renovado entusiasmo
por los espectáculos de travestismo y por un
nuevo estilo viril, aparece en la comunidad lesbiana
mucho más tarde. Sólo en os años
80 se comenzó a observar un retorno al género
entre las lesbianas con la rehabilitación de
los juegos de roles y la parición de las lesbianas
"de carmín". Las ideas de las obras
de los Maestros postmodernos resultaron sumamente
convenientes porque constituían una justificación
intelectual y permitían anular y ridiculizar
desde la academia cualquier objeción feminista.
En Gender Trouble, Judith Butler demostró que
el psicoanálisis de antaño, representado
por un trabajo de Joan Riviere de 1929 sumado a unas
declaraciones de Lacan sobre la femineidad como mascarada
y parodia, pueden ser utilizados por las nuevas teóricas
lesbianas y gays procedentes de los estudios culturales
en defensa de la representación de la femineidad
por las lesbianas como una estrategia política.
En otro lugar esta representación es llamada
"mimetismo", aunque esta palabra no se adecúa
al análisis de Butler, dado que sugiere la
existencia de un original que es mimetizado, y, de
hecho, ella no la utiliza. Carol-Anne Tyler explica
de la siguiente manera la idea del mimetismo, recurriendo
a Luce Irigaray:
Según
Irigaray, mimetizar significa "asumir el rol
femenino a propósito...para rendir "visible"
a través de un juego de repeticiones algo que
debe permanecer invisible..." Representar lo
femenino significa "decirlo" con ironía,
entre comillas... como hipérbole... o como
parodia... En el mimetismo y también en el
campo, la ideología se "hace" con
el fin de deshacerla y así aportar nuevos conocimientos:
que el género y la orientación heterosexual
que debe asegurarlo son antinaturales e incluso opresivos.
Sin
embargo, Tyler critica esta idea. Apunta que si todo
género es una máscara, resultará
imposible distinguir la parodia de lo "real".
Lo real no existe. De esta manera el potencial revolucionario
se pierde.
La idea del mimetismo está presente en el elogio
que algunas críticas culturales hacen de Madonna.
afirman que Madonna socava los conceptos de fijeza
y de autenticidad del género, al asumir la
femineidad cómo representación. El mimetismo
requiere la exageración del rol femenino asumido.
Al parecer, es así como han de saber las espectadoras
inexpertas que están ante una estrategia revolucionaria.
El exceso de maquillaje o de la altura de los tacones
indicaría que el género es entendido
como representación. Cherry Smyth, abanderada
de la política queer, apunta en una reseña
acerca de la obra de la fotógrafa lesbiana
Della Grace que la indumentaria femenina tradicional
puede tener un efecto revolucionario:
En
verdad parte de la iconografía ha sido sustraída
a las trabajadoras del sexo y la moda post-punkl cual
confiere una autonomía violenta a la elegancia
femme, y convierte el hecho de llevar minifalda y
de exhibir el body en un gesto conscientemente antiestético
e intimidatorio, antes que vulnerable y sumiso.
La
encarnación por excelencia de este estilo es,
según Smyth, "la propia Madonna, probablemente
uno de los ejemplos más famosos de la transgresión
queer". Las teóricas feministas que no
son ni queer ni postmodernas tienen grandes dificultades
para apreciar la transgresión de Madonna contra
otra cosa que no sea el feminismo, el antirracismo
y la política progresista en general. La teórica
feminista norteamericana negra bell hoks apunta que
Madonna no pone en entredicho las reglas de la supremacía
masculina blanca, sino que las acata y las explota.
Según Hooks, las mujeres negras no pueden interpretar
el teñido rubio del pelo de Madonna como "una
simple elección estética", sino
que para ellas ésta nace de la supremacía
blanca y del racismo. la autora entiende que Madonna
utiliza su "condición de personal marginal"
en Trhuth or Dare: In Bed With Madonna (En la cama
con Madonna) con el propósito de "colonizar
y apropiarse de la experiencia negra para sus propios
fines oportunistas, aunque trate de disfrazar de afirmación
sus agresiones racistas". Apunta que, cuando
Madonna utiliza el tema de la chica inocente que se
atreve a ser mala, "se apoya en el mito sexual
racista/sexista incesantemente reproducido, según
el cual las mujeres negras no son inocentes ni llegan
a serlo jamás".
Hooks encabeza su artículo con una cita de
Susan Bordo que señala que el "potencial
desestabilizador" de un texto pude medirse sólo
en relación con la "práctica social
real". Si acatamos el "potencial desestabilizador"
del mimetismo según esta perspectiva, descubrimos
numerosos ejemplos a nuestro alrededor.- en los medios
de transporte público, en las fiestas de la
oficina, en los restaurantes- en los que las mujeres
adoptan una femineidad exagerada. Es difícil
distinguir entre la femineidad irreflexiva y corriente,
y la sofisticada femineidad como mascarada. También
aquí encontramos cierto esnobismo. Se juzga
con distintos raseros a las mujeres que han optado
por llevar una vestimenta muy parecida, según
sean ignorantes y anticuadas o hayan cursado estudios
culturales, hayan leído a Lacan y hayan tomado
la consiguiente decisión deliberada y revolucionaria
de ponerse un Body escotado de encajes.
¿Por qué tanta agitación sobre
este tema? Resulta difícil creer que las teóricas
lesbianas postmodernas entiendan realmente el mimetismo
y los juegos de roles como una estrategia revolucionaria.
Sin embargo, la teoría permite a las mujeres
que quieran usar el fetichismo de género para
sus propios fines, ya sean de índole erótica
o simplemente tradicional, hacerlo con un petulante
sentido de superioridad política. Parece divertido
jugar con el género y con toda la parafernalia
tradicional de dominio y sumisión, poder e
impotencia, que el sistema de supremacía masculina
ha engendrado. Mientras que el maquillaje y los tacones
de aguja representaban dolor, gastos, vulnerabilidad
y falta de autoestima para la generación de
mujeres que se criaron en la década de los
sesenta, la nueva generación de jóvenes
nos informa que estas cosas son maravillosas porque
ellas las eligen. Esta nueva generación se
pregunta incrédula cómo podemos divertirnos
sin depilarnos las cejas ni las piernas. Y, entretanto,
la construcción del género permanece
incontestada. Estamos ante el sencillo fenómeno
de la participación de ciertas lesbianas en
la tarea de refuerzo de la fachada de la femineidad.
Hubo un tiempo en que las feministas lesbianas aparecían
en público o en televisión vestidas
de una manera que rehuía deliberadamente el
modelo femenino, como una estrategia de concienciación.
Creíamos que de esta forma mostrábamos
a las mujeres una posible alternativa al modelo femenino.
Actualmente todas las parodistas, mimetistas y artístas
de performance nos dicen que el sistema de supremacía
masculina sufrirá una mayor desestabilización
gracias a que una lesbiana se vista del modo que cabria
esperar de una mujer heterosexual extremadamente femenina.
Resulta difícil saber por qué. Las más
desestabilizadas son, con toda probabilidad, las feministas
y las lesbianas, que se sienten totalmente desarmadas
e incluso humilladas por una lesbiana que demuestra
y proclama que también ella quiere ser femenina.
Aparte del retorno al género, hay otro aspecto
del enfoque postmoderno de los estudios lesbianos
y gay que no parece constituir una estrategia revolucionaria
claramente útil. Se trata de la incertidumbre
radical (radical uncertainty) respecto de las identidades
lesbiana y gay. Tanto los teóricos como las
teóricas adoptan una postura de incertidumbre
radical. Para los incipientes movimientos lesbiano
y gay de los setenta, nombrar y crear una identidad
eran cometidos políticos fundamentales. Nombrar
tenía una especial importancia para las feministas
lesbianas conscientes de cómo las mujeres desaparecían
normalmente de la historia de la academia y de los
archivos, al perder su nombre cuando se casaban. Éramos
conscientes de la importancia de hacernos visibles
y de luchar por permanecer visibles. La adopción
y la promoción de la palabra "lesbiana"
eran fundamentales, ya que establecían una
identidad lesbiana independiente de los varones gays.
A continuación, las feministas lesbianas del
mundo occidental intentaban llenar de significado
esta identidad. Estábamos construyéndonos
una identidad política consciente. Las feministas
lesbianas han defendido siempre un enfoque construccionista
social radical para el lesbianismo. Mediante poemas,
trabajos teóricos, conferencias, colectivos
propios, así como el trabajo político
de cada día, íbamos construyendo una
identidad lesbiana, que aspiraba a vencer los estereotipos
perjudiciales y predominantes y que debía formar
la base de nuestro trabajo político. Se trataba
de una identidad históricamente específica.
la identidad lesbiana que construyen las actuales
libertarias sexuales y las teóricas de la nación
queer es radicalmente distinta. La identidad elegida
y construida debe corresponderse con las estrategias
políticas que se quieran emprender.
Las teóricas y los teóricos del postmodernismo
lesbiano-y-gay tratan de erradicar incluso el concepto
de una identidad temporalmente estable. Tras este
empeño subyacen tres cuestiones políticas.
La primera es el miedo al esencialismo. No parece
ser una cuestión especialmente relevante para
las feministas lesbianas, que son conscientes de que
su identidad lesbiana es una construcción social
deliberada y claramente intencional. Preocupa, sin
embargo, sobre todo a los teóricos gays masculinos
que se hallan ante una cultura gay mucho más
arraigada en la idea de una identidad esencial que
la lesbiana. La preocupaciónd e los varones
gays por el esencialismo ha derivado en una especial
atención de la teoría gay-y-lesbiana
a este tema. Según las palabras de Richard
Dyer en Inside/Out, la "noción de homosexual":
...parecía
acercarse demasiado a las etiologías biológicas
de la homosexualidad que se habían utilizado
para arremeter contra las relaciones entre personas
del mismo sexo y, al exhibir el modelo inexorable
de nuestro ser, nos privaban de la práctica
política de decidir qué queríamos
ser.
La
otra cuestión política, que subyace
tras el empeño de la incertidumbre radical,
es la de evitar el etnocentrismo. Un concepto estable
sobre la identidad de una lesbiana o de un varón
gay reflejaría necesariamente las ideas del
grupo racial o étnico dominante y no repararía
en las considerables diferencias vivenciales y prácticas
de las demás culturas.
Dyer señala:
Los
estudios que trataban de establecer una continuidad
de la identidad lesbiana/gay, a través de distintas
épocas y culturas, imponían el concepto
que tenemos actualmente de "nuestra" sexualidad
a la diversidad y las diferencias radicales que existen,
tanto con respecto al pasado como a las "otras"
culturas (no blancas, del Tercer Mundo), ocultando
a menudo, además, las diferencias entre lesbianas
y varones gays.
Del
movimiento de liberación de las mujeres y del
feminismo lesbiano ha surgido una considerable cantidad
de trabajos realizados por mujeres negras y pertenecientes
a minorías étnicas que afirman sus propias
identidades diversas, sin por ello desestabilizar
radicalmente la idea de la existencia lesbiana. lesbianas
negras, judías, chicanas, asiáticas
e indígenas han realizado estos trabajos afirmando
su identidad lesbiana. Esta identidad común
nace de la cultura urbana de Occidente y probablemente
no puede ser trasladada fuera de este escenario. Las
lesbianas indígenas australianas, por ejemplo,
han cuestionado el valor que pueda tener una palabra
derivada de cierta isla griega para su propia identidad,
apuntando que en el amor entre mujeres en una cultura
indígena tradicional no hay cabida para una
identidad lesbiana urbana. Sin embargo, en general
las lesbianas políticas han hecho hincapié
en la relevancia de una identidad reconocible para
la organización de las lesbianas en la cultura
urbana occidental. El hecho de que esta identidad
carezca de significado para la mayoría de los
pueblos indígenas o las personas no urbanas
no le resta importancia como instrumento organizador
dentro de su propio contexto.
Otro motivo para sospechar de la identidad lesbiana
o gay se apoyaba en las nociones foucaultianas sobre
"el ejercicio mismo del poder a través
de la regulación del deseo al que la política
y la teoría lesbiana/gay presuntamente se oponían".
Según Dyer, si las categorías de la
homosexualidad se idearon como herramientas de control
social, debemos vigilar de qué forma nuestra
utilización de estas categorías puede
contribuir a esta regulación. Resulta útil
y provechoso que recordemos nuestra obligación
de poner en entredicho tanto nuestra práctica
política como nuestros presupuestos políticos
-por ejemplo, el hecho de llamarnos lesbianas-, con
el fin de comprobar que nuestro procedimiento no se
haya vuelto políticamente inútil o perjudicial.No
obstante, si nos fijamos en el uso que se hace en
los escritos lesbianos de la incertidumbre radical,
hemos de preguntarnos si la limpieza general no ha
ido demasiado lejos. Las autoras postmodernas anuncian
con fervor la importancia de su postura subjetiva,
no vayan a pensarse que aspiran a la universalidad
o a la objetividad. Las feministas lesbianas desarrollaron
su propia versión -al margen de la teoría
postmoderna- en los boletines informativos de los
ochenta, donde se encuentran descripciones del siguiente
orden: "ex-hetero, clase media, obesa obsesa,
fem, libra", etcétera; sin embargo, habitualmente
estaban seguras de todos estos aspecto de su identidad.
Elizabeth Meese nos brinda un ejemplo de la versión
postmoderna de la incertidumbre radical:
¿Cómo
es que la lesbiana parece una sombrea -una sombra
de/dentro la mujer, de dentro la escritura? Una forma
contrastada en un teatro de sombras, algo amorfa,
con los bordes difusos debido a la inclinación
del campo visual, de la pantalla sobre la que se proyecta
el espectáculo. El sujeto lesbiano no es todo
lo que soy y está en todo lo que soy. Una sombra
de mí misma que da fe de mi presencia. No estoy
nunca de/fiera esta lesbiana. Y siempre dando vueltas,
así y asá, aquí y allá.
Las sombras, por no hablar del cuerpo, componen una
compleja coreografía en nuestra lucha por un
significado.
Los
textos postmodernos sobre temas lesbianos comienzan
a menudo con varias páginas de esta clase de
reflexiones introspectivas sobre la identidad lesbiana
de la autora. Asimismo, las académicas postmodernas
suelen emplear los veinte primeros minutos de sus
conferencias cuestionando su propia postura subjetiva
y dejando poco espacio para el verdadero contenido
de la charla que el público espera con paciencia.
Posiblemente muchas lectoras lesbianas nunca se hayan
sentido como una sombra, o complicadas en una pugna
formidable por su significado; no obstante, los textos
feministas postmodernos están repletos de balbuceos
desesperados sobre la dificultad de hablar o de escribir.
hay cierta angustia de artista atormentada que no
podemos permitirnos en nuestra lucha política
habitual quienes simplemente tratamos de expresarnos
con la mayor sencillez y frecuencia posible. El texto
de Judith Butler en Inside/Out comienza con una angustiada
introspección sobre quién es ella ante
una solicitud de dar una conferencia como lesbiana.
Al
principio pensé escribir un ensayo distinto,
en un tono filosófico: el "ser" de
ser homosexual. Las perspectivas de ser algo, aun
a cambio de dinero, siempre me han causado cierta
angustia, ya que "ser " lesbiana parece
ir más allá del simple mandato de convertirme
en alguien o algo que ya soy. Y decir que esto es
"una parte" de mí no aplaca mi angustia.
Escribir o hablar como lesbiana aparece como un aspecto
paradójico de este "yo" ni verdadero
ni falso. Es un producto, por regla general la respuesta
a una petición de salir o escribir en nombre
de una identidad que, una vez producida, actúa
en ocasiones como un fantasma políticamente
eficaz. No me siento a gusto con las "teorías
lesbianas", las "teorías gays",
ya que... las categorías de identidad suelen
ser instrumentos de un régimen regulador...No
quiero decir con esto que no volveré a presentarme
en actos políticos bajo el signo de la lesbiana,
sino que me gustaría conservar una permanente
duda sobre el significado exacto de este signo.
Un texto como éste me parece preocupante desde
una perspectiva política. en la frase inicial
Butler emplea la palabra homosexual para referirse
a ella misma, algo que una feminista lesbiana corriente
no haría nunca. para gran parte de las lesbianas
que se unieron a la lucha política en los sesenta,
y que se negarían a ser incluidas junto con
los varones gays en una misma categoría designada
por una única palabra, el vocablo homosexual
tiene una connotaciones específicamente masuculinas
aun mayores que la palabra gay. Lo cual indica que
Butler pertenece a las nuevas teóricas lesbianas
y gays que han optado por abandonar una política
lesbiana independiente. Su uso de ciertas palabras
puede ayudarnos a situar a Butler dentro del panorama
político aunque su inmensa angustia al preguntarse
dónde situarse ella misma constituye un problema
para la política lesbiana y para la política
gay. No resulta ni emocionante ni sugerente enfrentarse
a las muestras de incertidumbre radical, si bien esto
no basta como crítica. Lo que hay que preguntar
y lo que muchas feministas heterosexuales, autoras
negras y también lesbianas, están empezando
a preguntarse es lo siguiente: ¿Resulta políticamente
útil plantear tantas dudas sobre la palabra
lesbiana o sobre otras categorías políticas,
como mujer o negra, cuando los grupos oprimidos que
utilizan estas categorías de identidad están
sólo empezando a abrir su espacio en la historia,
la cultura y la academia?
Con el cuestionamiento de las posturas subjetivas
los teóricos postmodernos pretendían
obligar a los miembros de los grupos dominantes a
reconocer su parcialidad, para que las lectoras pudieran
reconocer más facilmente qáe determinados
textos formaban parte de un sistema regulador. Todo
esto está muy bien; sin embargo, no son precisamente
los miembros de los grupos dominantes quienes han
aprovechado la ocasión para demostrar su incertidumbre
radical y no hay motivo para pensar que lo vayan a
hacer. No son los vicerectores de las universidades
tradicionales quienes empiezan sus conferencias con
veinte minutos de titubeos sobre sus posturas subjetivas
y su derecho a decir lo que van a decir. Tampoco son
los académicos varones, heterosexuales y blancos,
quienes mayoritariamente aprovechan esta ocasión.
Al parecer son sobre todo las mujeres, las lesbianas
y los gays, así como las minorías étnicas
en general quienes se sienten obligadas a mostrar
su incertidumbre radical. Mientras los regímenes
reguladores conservan sus certezas, tal vez la mejor
forma política de combatirlos sea mantener
también nosotras algo de certeza sobre quiénes
somos y qué estamos haciendo. Quizás
la obligación de exhibir una actitud de incertidumbre
radical coincida sencillamente con la dificultad habitual
de los grupos oprimidos para reafirmarse y afianzarse
frente a la maquinaria dominante productora de mitos.
Sólo ayuda a que nos sintamos impotentes.
Diana Fuss dedica un capítulo entero de su
libro Essentially Speaking a la cuestión d
e la política de identidad de las lesbianas
y de los gays. A su modo de ver las teóricas
lesbianas han estado más comprometidas con
la idea de una identidad esencialista que los gays.
La
teoría lesbiana actual está generalmente
menos dispuesta a cuestionar o abandonar la idea de
una "esencia lesbiana" junto con la política
de identidad que }deriva de esta esencia común.
Por otra parte, los teóricos masculinos gays
han refrendado rápidamente la hipótesis
construccionista social que proclama Foucault, uy
han desarrollado unos análisis más escrupulosos
referentes a la construcción histórica
de las sexualidades.
He
aquí una auténtica sorpresa para las
lectoras feministas lesbianas. Y es que nuestra experiencia
nos indica lo contrario. En mi trayectoria como docente
ha podido constatar a menudo que la idea de la homosexualidad
masculina como construcción social constituye
una anatema para algunos alumnos gays y resulta difícil
de aceptar para la mayoría . En cambio, no
es el caso de las lesbianas. A fin de cuentas muchas
de ellas han elegido amar a otras mujeres por razones
políticas, a menudo tras pasar media vida como
esposas y madres y sin siquiera imaginarse la posibilidad
de sentirse atraídas por las mujeres. Muy pocos
varones gays comparten esta experiencia. Difícilmente
dirán que su preferencia sexual tiene motivos
políticos y que es consecuencia de una elección
consciente de renunciar a las mujeres o a la heterosexualidad.
Tal vez Fuss quiera decir que las autoras lesbianas
no han promocionado la idea de la construcción
social, aunque muchas lesbianas la hayan aceptado
a nivel vital. pero esta afirmación tampoco
parece muy razonable. Existe una abundante bibliografía
referida al lesbianismo político y a la idea
de la heterosexualidad como institución política
sobre la que se fundamenta la opresión de las
mujeres. Sin embargo, a excepción de algunas
alusiones a Adrienne Rich, Fuss hace caso omiso a
estos textos. Tal vez no los conozca, aunque gran
parte se utilice actualmente en los cursos de los
estudios de las mujeres. Según Fuss, las lesbianas
suscriben el esencialismo con mayor entusiasmo que
los varones gays debido a que las mujeres estamos
más marginadas, y la certeza de una identidad
esencialista tiene mayor importancia para nuestra
seguridad. Lo cual es lo qcontrario de la pregunta
que de verdad sería interesante plantear, a
saber, por qué los varones gays, con mucha
menos necesidad de una identidad esencialista en cuanto
a su seguridad, las suscriben con mayor tenacidad.
De acuerdo con Fuss y otras teóricas lesbianas
y gays postmodernas, Foucault descubrió para
el mundo la construcción social de la sexualidad.
Y concretamente nos reveló que las identidades
sexuales se viven de distintas maneras en distintas
épocas históricas. Fuss cree que el
hecho de que hubiera "escasos análisis
foucaultianos en torno a las sexualidad lesbiana,
a diferencia de los copiosos estudios sobre el sujeto
gay masculino", podría ser debido a la
mayor necesidad de las lesbianas de profesar un esencialismo
político. Una afirmación verdaderamente
sorprendente. Al margen de lo inexacto que resulta
atribuir el esencialismo a la teoría lesbiana,
existe otro problema más. ¿Por qué
deberían practicar las lesbianas un análisis
foucaultiano? Por qué, para describir su experiencia,
deberían valerse de la obra de un varón
gay que en su teoría no tuvo en cuenta a las
mujeres, ni mucho menos a las lesbianas, y cuyos hallazgos
estuvieron además precedidos por el feminismo
lesbiano? Algunas feministas lesbianas -notablemente
Lillian Faderman- han realizado su propio trabajo
magnífico e innovador sobre las formas cambiantes
y la evolución del amor entre mujeres a lo
largo de la historia. No obstante, Fuss no menciona
a Faderman.
¿Cómo consigue ignorar el feminismo
lesbiano y pensar que las lesbianas no podrán
producir un corpus teórico sin pugnar por ajustarse
a los conceptos inapropiados de un varón gay?
Debe de ser porque Fuss no parte de la teoría
lesbiana ni del feminismo lesbiano. No comprende que
la teoría gay masculina nunca podrá
abarcar el lesbianismo por completo. Al hablar de
la importancia de las teorías construccionistas
sociales sobre la identidad lesbiana y gay, por ehenoki,
sugiere que éstas contribuirán a la
teorización de las diferencias existentes entre
las lesbianas y los varones gays, si bien estas diferencias
no le parecen importantes:
...las
teorías sociales nos permiten trazar una importante
distinción entre los varones gays y las lesbianas,
dos grupos que la investigación sobre las minorías
sexuales aglutina a menudo (con un importante sesgo
respecto del sujeto gay masculino), aunque, de hecho,
no se construyen exactamente de la misma manera.
Podríamos
ir un poco más lejos diciendo que las lesbianas
y los gays se construyeron en realidad de manera harto
diferente; sin embargo Fuss, con su enfoque consecuentemente
lesbiano y gay, opta por mostrarse más suave
y cautelosa. Si tenemos en cuenta que las teóricas
y los teóricos del postmodernismo se consideran
campeones de la atención a la "diferencia",
resulta interesante observar que en algunas ocasiones
se muestren tan tímidos a la hora de constatar
estas diferencias políticamente construidas
entre hombres y mujeres. Fuss parte de la teoría
gay masculina y de los varones postmodernos en general.
y mientras que no cita a Faderman, su bibliografía
lista diecinueve títulos de Derrida.
La obra de este filósofo parece haber conmovido
profundamente a algunas teóricas lesbianas
y feministas, en lo referente al esencialismo. Fuss
menciona sus "recientes esfuerzo por reconstruir
la "esencia". Obviamente la palabra esencialismo
no se emplea en estos escritos postmodenros con un
sentido tradicional. Muchas detractoras de la teoría
feminista radical la acusan -sin apenas pruebas- de
ser esencialista en el sentido tradicional del determinismo
biológico. A las activistas antipornografía,
por ejemplo, se les acusa de sostener que la sexualidad
masculina y la femenina son esencialmente diferentes.
Pero Fuss no emplea la palabra en el mismo sentido.
Al igual que otras teóricas postmodernas, tiende
a usarla para denotar toda política que se
apoya en algún concepto de identidad, construida
o no construida, así como toda política
que confía en cierta afinidad entre las personas
de una determinada clase, sobre la cual es posible
construir una teoría o una acción política.
Este concepto de esencialismo se dirige a menudo contra
cualquier sugerencia o intento de acción política
de manera qu8e algunas feministas y otras activistas
han llegado a la conclusión de que la palabra
es simplemente una manera de tildar de vulgar la acción
política. Posiblemente los postmodernos hayan
cometido u verbicidio con esta palabra, que ya no
podrá utilizarse de manera productiva.
Los conflictos de las teóricas como Butler
y Fuss, respecto a los conceptos de género,
identidad y sencilla, tienen su origen en la obra
de sus autoridades masculina. Estas lesbianas no tienen
sus raíces teóricas dentro de la política
lesbiana o feminista, sino que tratan de construir
una política lesbiana y gay unificada, apoyada
en la teoría gay masculina. desaprueban la
política feminista lesbiana si es que la mencionan-
por no estar a la altura de sus maestros postmodernos
y pugnan por encajar la política lesbiana en
las teorías de los postmodernos gays sin solución
de continuidad. Entretanto las teóricas feministas
lesbianas se hallan complicadas en una extraña
función de teatro de sombras, tratando de refutar
la intrusión de una teoría a todas luces
inapropiada en el escenario, sin conocer sus orígenes.
Pocas hemos leído los diecinueve textos de
Derrida y la mayoría no tenemos ganas de hacerlo,
aunque nos vemos obligadas a contestar a las preguntas
que plantean sus seguidoras.
Por mi parte, afirmó que las teóricas
postmodernas, por atrevidas que se crean, simplemente
aplican una mano de barniz intelectual sobre las viejas
teorías del liberalismo y del individualismo.
El caso de la pornografía es un buen ejemplo
de las consecuencias que el contacto con la teoría
postmoderna pueda tener sobre un sencillo análisis
político. Kobena Mercer formaba parte del Grupo
de Gays negros de Londres y en la actualidad imparte
clases de historia del arte en la Universidad de California
en Santa Cruz. Durante su vinculación al Grupo
de Gays Negros utilizaba los hallazgos de las activistas
feministas antipornografía para criticar la
obra del fotógrafo gay blanco norteamericano
Robert Mapplethorpe. Gran parte del trabajo de Mapplethorpe
gira en torno a los desnudos de varones negros. Según
la interpretación de Mercer. la fotografía
Hombre con traje de poliéster - que muestra
"el perfíl de un varón negro con
la cabeza seccionada o "decapitado", por
decirlo así, sacándose el pene hinchado
de la bragueta de sus calzoncillos" perpetua
"el estereotipo racista, según el cual
el hombre negro no es esencialmente más que
su pene". En opinión de Mercer, las fotografías
perpetuaban el "fetichismo racial", una
"idealización estética de la diferencia
racial que simplemente invierte el eje binario del
discurso colonial". Más tarde -nos dice
Mercer-, y a raíz de su contacto con la teoría
post estructuralista, descubrió las interpretaciones
contradictoras de la obra de Maplethorpe. Su posición
actual en la academia hace difícil mantener
posturas que podrían considerarse toscamente
políticas. Gracias a las ideas de los estudios
culturales postmodernas descubrió que:
La
multitud de interpretaciones contradictorias sobre
la valía de la obra de Mapplethorpe significaría
que el texto no tiene un significado único,
singular e inequívoco, sino que se presta a
un sinfín de interpretaciones encontradas.
Mercer
decide que el argumento de "la muerte del autor"
que esgrime la teoría postmoderna convierte
en "incontestable" la pregunta de si los
desnudos de los varones negros de Mapplethorpe "reafirman
o socavan los mitos racistas en torno a la sexualidad
de los negros". Ahora cuestiona su propia postura
subjetiva al contemplar las fotografías, y
se pregunta si su "rabia se confundía
además con sentimientos de celos, rivalidad
o envidia", siendo "la rabia y la envidia"
consecuencia de su "identificación tanto
con el objeto como con el sujeto de la mirada".
Esta clase de crítica de la cultura se apoya
en el individuo. Sólo se trata de una opinión,
y las opiniones son muchas y variadas. "Una gran
parte depende de la lectora o del lector y de la identidad
social que aporta al texto". Mercer se ha convertido
a la incertidumbre radical y se deshace en excusas
sobre su postura anterior claramente antirracista,
tal cual, como hemos visto en este libro, lo han hecho
muchas lesbianas con su embarazoso feminismo de antaño.
Otro
ejemplo de la pérdida del significado político
que provoca la jerga postmoderna es la sinopsis de
un ciclo de conferencias titulado "Las fuerzas
del deseo", presentada en el prestigioso centro
de Investigación de Humanidades de la Universidad
Nacional Australiana de Canberra en junio de 1993.
Los
principales temas serán la revisión
de la sexualidad sin la preponderancia de un modelo
maestro y de la estructuración y reestructuración
del deseo. Se invita a los conferenciantes a abordar
una serie de temas como pueden ser los siguiente:
las múltiples sexualidades como prácticas
y estilos de vida, al margen de los modelos dominantes
con su énfasis en la sexualidad reproductiva;
el coste que supone sostener estos modelos; la multiplicidad
de la sexualidad -masoquismo, sadismo, perversiones,
heterosexualidades, sexualidades gays, la sexualidad
como normativa y las posibilidades y los cometidos
de la resistencia contra estas normas y su transformación;
el saber como parte integrante de las prácticas
sexuales: la erótica de la producción
del saber, el deseo por el saber; la interacción
entre sexualidad, saber, poder y violencia.
Las
lectoras lesbianas se preguntarán dónde
tiene cabida su propio análisis. De hecho no
se las menciona. Parecen haber desaparecido dentro
de las "sexualidades gays". ¿Cuántas
de estas sexualidades existen? La lista de las sexualidades
múltiples está encabezada por el masoquismo
y el sadismo, y e4n ningún lugar hace referencia
a un modelo específicamente igualitario. La
crítica feminista lesbiana de la heterosexualidad
como institución no parece ser bien recibida,
ya que este "modelo" sólo parece
como "heterosexualidades", forma plural
que desaconseja de alguna manera un análisis
de esta índole. Las eses finales de la forma
plural han aparecido en toda clase de contextos cosa
nada sorprendente en un enfoque postmoderno, ansioso
por abarcar todas las eventualidades con formas plurales,
que acaban excluyendo a lesbianas y feministas, junto
con gran parte de lo que podríamos llamar un
análisis político. En nombre de la "diferencia"
todo ha sido homogeneizado. Siempre me pregunto cómo
se deciden los singulares y los plurales. Por ejemplo:
masoquismo, sadismo, deseo y poder aparecen en singular,
pero todo lo demás en plural. No cabe duda
de que aquí intervine una determinada política,
tal vez incluso un "modelo maestro". Por
mi parte sospecho que se trata de la política
sexual libertaria hacia las minorías sexuales
que representa la política dominante de los
varones gays actuales. Tal vez las "sexualidades
gays" impliquen la inclusión de la pedofilia,
del transexualismo, etc., todo ello equiparable al
"lesbianismo" -si es que éste ha
de tener alguna cabida. No aparece ninguna feminista
radical o revolucionaria en la lista de las becadas
o conferenciantes. Sin embargo, en ella figuran Gayle
Rubin. defensora del sadomasoquismo lesbiano y del
transexualismo lesbiano buthc; Jeffrey Weeks historiador
gay foucaultiano; Carol Vance, una destacada teórica
libertaria de los estudios lesbianos y gays; así
como Cindy Patton, a la que encontramos en el capítulo
2 quejándose del papel crucial que las feministas
otorgan al tema de los abusos sexuales. Debe de ser
difícil para las sadomasoquistas y habitantes
de los "márgenes sexuales", como
Rubin, mantener su imagen temeraria cuando reciben
invitaciones y ayudas económicas procedentes
de estas prestigiosas instituciones.
La teoría lesbiana y gay postmoderna logra
que quienes no quieren más que utilizar las
herramientas y la parafernalia del sexismo y del racismo,
se sientan no sólo en su derecho, sino además
revolucionarios. Los Juegos de roles lesbianos, el
sadomasoquismo, la masculinidad del varón gay,
el travestismo (drag), el mimetismo de Madonna, su
utilización de los varones negros y de la iconografía
negra, los estereotipos sexuales racistas de Mapplethorpe:
de todo esto puede extraerse todo el placer y el provecho
del sistema de la supremacía masculina, en
el que el sexo es y no podrá ser nada más
que desigualdad de poder . Entonces, disfrutar del
statu quo se denomina "parodia", para que
los intelectuales alarmados por su propia excitación
puedan sentirla tranquilamente. A las teóricas
lesbianas y gays postmodernas que no quieran conseguir
su placer de esta manera, las ideas de la incertidumbre
radical, de la naturaleza utópica o esencialista
de todo proyecto de cambio social, les proporcionan
el soporte teórico de un liberalismo y de un
individualismo caballeroso.