El
gato maúlla fuerte, insistente, tan insistente que consigue
despertarme del todo, miro el radio-despertador que
descansa silencioso sobre la mesilla, el color verde
de los números, casi me ataca, siento como si, acorde
con los maullidos del gato, el color verde de los números
arañara mis ojos, los cierro, solo son las 7, quiero
seguir durmiendo, necesito dormir un poco más.
El
gato sigue maullando, no sé si está en la cocina o en
el pasillo, en realidad, lo siento como si estuviera bajo
mi cama y quiero estrangularlo para que me deje dormir,
solo necesito que se calle y la posibilidad de levantarme,
salir del edredón, abandonar mi hueco en el colchón, me
resulta como si me propusieran subir al monte más alto,
reniego, no quiero abandonar el calor de mi cama, quiero
que se calle, pero él, no lo sabe, no sabe y pide algo
y sus maullidos empiezan a ser el llanto de un niño, un
niño mimoso que me reclama para nada, no se calla, y pienso
en ti, en lo que te molestas con él cuando te saca del
sueño, pienso en ti, que hoy no duermes a mi lado, en
ti ausente y me sonrío porque tu imagen en mi mente es
todo ternura, más si te imagino en el momento en que despiertas,
cuando tus ojos se revelan contra la luz y se ponen chiquitos,
casi chinitos, más si veo en mi pensamiento como te esfuerzas
por decir algo coherente pero de tu boca solo sale "sí"
"no" "no sé" ¡cuanto te cuesta despertar¡, volver de tu
sueño, volver a la realidad, te mueves despacio, como
si algo mantuviera cada músculo de tu cuerpo pegado a
sí mismo; tus pies sujetos por una fuerza desconocida
para mi, y el gato sigue maullando y le chillo, y me arrepiento
porque pienso en mis vecinos, que probablemente también
habrán oído al gato y que además ahora me oyen a mi, el
grito no ha servido para nada, el hace oídos sordos y
por fin decido levantarme y salir de la habitación para
ver qué le ocurre, qué quiere, por qué no me deja dormir.
Lo
encuentro en el pasillo sentado, tranquilo, lo miro, lo
miro y como siempre, no consigo saber que es lo que le
ocurre, lo observó, quisiera leer en sus ojos o su pelo
qué es lo que ocurre pero no dice nada, lo cojo y lo alzo
como a un bebé con su cara frente a la mía mientras le
hablo cariñitos, lo bajo y lo aprieto contra mi pecho,
lo abrazo, en estos minutos ha estado callado y sigo sin
saber porque chillaba de ese modo, lo dejo en el suelo,
miro si tiene agua, si tiene comida, todo está lleno,
pero por si acaso cambio el agua por otra, la coloco en
su sitio, el viene tras de mi, se acerca, la mira o la
olisquea y se aparta, voy a la puerta de la terraza, la
abro por si lo que quiere es estar fuera y que le dé el
aire, se queda parado y no sale aunque tampoco se marcha,
ya no se me ocurre nada más, ya no sé, me voy a la cama,
y ya entre las sábanas vuelvo a ti; a ti y al gato, me
hubieras reñido, no te gusta que lo coja en brazos con
el pijama puesto, no te gusta, te quejas de los pelos,
de que después están por todas partes, dices que los masticas,
que se te pegan, eres una refunfuñona, me voy durmiendo
otra vez entre tus brazos, que aunque ausentes me están
acompañando en mi duermevela, cuando ya casi te estoy
tocando en mis sueños, cuando ya estoy perdiendo la conciencia
y me resultas tan real como si tu cuerpo estuviera junto
a mi, él comienza de nuevo su agónico canto y ahora sí,
ahora le daría una pastilla para dormir, ahora te ha arrancado
de mis brazos, ahora ha sacado tus pechos de mis manos,
ahora me ha vaciado el momento que estaba viviendo, me
levanto de nuevo, esta vez sin pensármelo, impetuosa abro
la puerta bruscamente y él se asusta, sale corriendo hacia
sus cojines y se queda ahí paradito, quieto, quedo, lo
miro, le riño "ya vale, es pronto, quédate callado" le
hablo de muy mal genio, lo miro de mal genio, no lo quiero
mimar, solo deseo que se calle.
Regreso
a la cama que con tanto vaivén se ha enfriado, intento
recuperar mi sueño, recuperar tu contacto y tu piel, la
tersura de tu piel, la suavidad, pero ya esa se escapó
y mi mente vagabundea con otros cuerpos y otros gatos.Hace
tiempo que los gatos me acompañan y a través de los gatos
de mi vida, puedo recorrer los amores de mi vida. Este,
el que me ha despertado me viene acompañando hace mucho
tiempo, ha compartido diferentes hogares conmigo y ha
estado con los últimos amores, nadie como tú se ha enfadado
con los pelos, a nadie le ha hecho despertar de tan mal
humor, la perfecta ama de casa se mosquea, se molesta,
frota con ahínco la funda del edredón ante la posibilidad
de que los pelos se le cuelen en el sueño pero ellas,
las otras, no vivían así, no había tantos pelos en su
vida o no los veían o no les molestaban que sé yo... si
en realidad solo quería dormir. Las
ocho, ya son las ocho, o más exactamente las 7:45, con
los dos puntos parpadeando por cada segundo de sueño que
estoy perdiendo. Me acosté tarde, estuve por ahí, tomando
cervezas hasta las 4 y tengo que ir a comer a casa de
mi madre y antes pasar por la pastelería, es su santo,
que no su cumpleaños, mi madre celebra su santo, es la
única en casa que lo hace, tu no quieres venir, pasas
de las celebraciones familiares y más si son las de la
familia de tu novia, no podrías estar a gusto, dices,
"estaría incomoda", dices, y yo que estoy segura de que
no, de que solo sería el primer rato o si me apuras el
primer día, que enseguida hablarías con uno o con otro
o jugarías con mis sobrinos y sé que les gustarías, tu
sonrisa franca, tus modos suaves, tu conversación, pero
te niegas, no quieres y yo ya he desistido, ya no lo digo
más veces, pero me gustaría, sería agradable tenerte allí
con ellos, disfrutar de la compañía de mi madre, de mi
padre, de ti, todo a la vez pero si no quieres no quieres.
Ana
venía, siempre venía y podíamos compartirlo y yo me iba
casa de su madre y hablábamos durante horas y me enseñaba
sus fotografías, su carita de cuando era niña, de cuando
Ana correteaba entre sus piernas pero contigo eso no puede
ser, era el mismo gato, el mismo que tu bajas del sofá
y al que no dejas entrar en la habitación, era el mismo
el que Ana abrazaba e incluso metía en la cama y lo pegaba
a su cuerpo para notar su calor, para que absorbiera sus
energías negativas, tu lo apartas, lo haces con cariño,
incluso alguna vez te he sorprendido con el gato encogido
en el hueco que forma tu codo con tu antebrazo apoyando
tu cuerpo en el sofá y el gato se queda ahí quietito en
tu calor, yo también pasaría ahí la vida, metida en el
hueco de tu codo, en el calor del costado de tu vientre,
tu vientre que me vuelve loca, acaricio tu tripa, se revuelve
mi sexo pero el gato se mantiene en la paz que tu le das.
Diana
no era como Ana con el gato, pero tampoco como tú, le
hablaba más, no le molestaba en el sofá, aunque nunca
lo hubiera llevado a la cama, pero Diana era como él,
maullaba, llamaba sin que supiera por qué, ella nunca
se enamoró de mi, yo sí claro, el amor, el amor que me
completa, el amor que a mi me da la vida, ella no lo quiso,
tampoco sé si tu lo quieres, el gato lleva a mi lado alrededor
de 15 años, supongo, con pena, que ya no nos quedan muchos,
que ya no me despertará a las 7 con pretensiones que siempre
desconozco. Diana maullaba y yo iba hacia ella sin más,
colocarme a su lado y dejarla hacer, entraba, salía, llamaba
por teléfono "no voy a ir" y yo recogía los platos, los
cubiertos, ponía la cena en la nevera y cogía un libro
pensando que ya tenía preparada la comida para el día
siguiente y es que con ella siempre fue así, el gato entra
y sale cuando quiere, hay veces en que no consigo que
regrese a la noche, que sale por la mañana a la terraza
y debe de ir de una a otra o no sé si se esconde, pero
no regresa, yo lo llamo, primero suave y al fin casi a
gritos, pero el se demora por ahí y no vuelve, tal vez
tarde más de un día. Pues así como el gato, así era Diana
que lo mismo no se movía de mi lado como desaparecía y
yo, con el genio que tengo, la reñía, le decía que no
podía ser así conmigo, que no era eso lo que yo quería,
que me gustaría saber, saber si iba a venir, saber cuanto
tiempo tardaría, y fundamentalmente saber porque se iba,
que resortes la movían a desaparecer de aquel modo, qué
era lo que la llevaba a no venir, a no llamar, a llamar
para decir que no venía pero me conformaba con su silencio
o con respuestas que no lo eran. Me conformaba, ella no
me daba más, y al fin lo supe, lo supe, solo era que no
estaba enamorada de mi, que su relación conmigo tenía
otro contenido, otras causas, y me sentí defraudada, engañada,
ofendida, desairada, me salió todo el orgullo, decidí
después de aquello que ella no existía, y allí donde la
veo, paso a su lado como si en su lugar solamente hubiera
aire, como si nada se interpusiera en mi camino, pero
el gato sí vuelve, el gato si es así, no es porque no
quiera compartir su vida con la mía, el gato va a permanecer
a mi lado hasta que muera.Con
Elsa también estaba este gato, pero Elsa no estuvo apenas
con él, yo iba a casa de Elsa y era él el que me echaba
en falta, era él, el que se enfadaba conmigo por no estar
nunca en casa y dejarlo con su plato de comida y su bebedero
lleno, pero solo. Elsa tenía una casa enorme, preciosa,
más que preciosa, cómoda en cada rincón, tenía una casa
de esas de las que cuesta moverse, de las que no cabe
preguntar "en tu casa o en la mía" porque la respuesta
es siempre la misma, cuando Elsa venía alguna vez a casa,
veía al gato como yo a Diana, como si no estuviera, no
le importaba si subía o bajaba del sofá, simplemente el
gato no existía, en su casa no había gato, ni perro, ni
nada que se moviese, plantas por todas partes, verdes,
brillantes, en realidad se trataba de plantas alegres,
pero nada que te rozara las piernas, nada que chillara.
Elsa pasó por mi vida como una exhalación, breve, su presencia
duró justo el tiempo que a mi me costó saber que no la
quería y que nunca la iba a querer, no recuerdo, como
dos o tres meses, y me lastimó aquello, por una parte
sabía que las plantas de Elsa dejarían por una temporada
de ser unas plantas alegres y por otra parte Elsa sí me
quería y me hubiera dado tanto... y nunca hubiera desaparecido
durante días y nunca hubiera guardado la cena en la nevera
pero yo no lo hice, no la quise lo suficiente, es imposible
saber porqué o cómo nos enamoramos, contigo me costó mucho
menos saber que podía pasarme la vida a tu lado.A
mi no me importa que quites los pelos del gato o que busques
la manera de tenerlo siempre lejos de la ropa, los cojines,
la manta de ver la tele, no me importa, no está mal, en
realidad, yo también prefiero no llevar la ropa siempre
llena de pelos pegados, vale, pero me gustaría mucho que
me quisieras tanto, tanto como yo a ti... tal vez tu sí
seas como el gato, no acabo de saberlo, hace ya un año
que estás a mi lado y sin embargo cualquier día me sorprendes
con pensamientos o actos que me desplazan hasta la perplejidad,
me quedó mirándote y no sé que pensar, de pronto te desconozco,
a ver si es ahí donde el gato y tú os compagináis tan
bien, tal vez, es por eso que el gato siempre te busca
a pesar de tus mil rechazos, tal vez sea por eso que de
vez en cuando tú respondes a su llamada y lo dejas permanecer
pegado a ti, tal vez él y tú tengáis algo de iguales,
quizás os encontráis en una especie de mimetismo.Miriam
no conoció a este gato, conoció a uno rubito que no recuerdo
como se llamaba, claro que no solo lo conoció si no que
se lo llevó, ya casi no me acuerdo de él, hace tanto tiempo,
Miriam, tenía entonces 19 años y yo 21, que lejos me quedan,
y sin embargo me siento ser tan igual a entonces, un poco
más dura, un poco más seria pero tan igual..., a ella
la quise mucho, era como un juguete y mira que no había
mucha diferencia de edad pero tenía en su cabeza un mundo
tan rico y tan infantil Miriam fue mía, mía del todo,
no creo que fuera una entrega de especial intensidad si
no que ella era tal cual y se me acabó escapando entre
los dedos, de un día para otro pasó de ser mía en el sentido
más posesivo a ser de otra, por lo mismo que era un juguete
en el día a día, por lo mismo, un muelle saltarín, y saltó
a otros brazos, a otra vida, y se llevó al gato rubito
con ella, a mi no, a mi me dejó en la casa que habíamos
alquilado para las dos, allí me quedé rodeada de sueños
a su lado, pero me asistió la fuerza y seguí para adelante,
eran unos años locos, absurda y magníficamente locos,
estábamos saliendo a la luz, queríamos ser reconocidas
por la sociedad, nos juntábamos y debatíamos y nos lo
pasábamos en grande, conocí entonces a muchísima gente
de una ciudad, de la otra, de la otra, nos movíamos continuamente
de un lado para otro y aunábamos los debates y la reflexión
con las juergas interminables, aderezadas con lo que hiciera
falta. En medio de aquella locura olvidé el desamor de
Miriam, en aquel vaivén, empecé a aprender como es sentirse
no querida, dejar de ser la deseada, aprender a olvidar
a quien se quiso, todo el mundo puede ser olvidado, no
se borra su recuerdo pero sí el amor intenso y el dolor
intenso que al fin y al cabo es lo que se pretende.
Miriam se llevó al gato rubito y con intención de consolarme
una amiga me trajo una gata chiquitina, que alimentábamos
con biberón, la casa que iba a ser para Miriam y para
mi fue la mía compartida con una amiga y a temporadas
con varias y allí empezamos a criar a la gatita pero estaba
endiablada aquella, era mala o estaba loca así que en
cuanto tuvimos oportunidad nos deshicimos de ella, no
le di tiempo a conocer a ningún amor, ni amorío, la enviamos
a un caserío con una chica que conocimos en unas jornadas,
no sin antes avisarle de que estaba completamente loca,
que era agresiva, a ella no le importó, y así se marchó
la gatita en una cesta con una desconocida a la que como
a la gata nunca volví a ver. Después
vino a casa un gato, también chiquito, aquel aun anduvo
unos meses entre nuestros brazos y rascándose en nuestras
piernas y sí conoció gente entre mis sábanas, no amores
ni un poco serios pero sí a algunas chicas que salieron
y entraron de mi habitación amores de una o dos noches
que se iban como en las canciones, cuando la luz entraba
por la ventana. Aquel gato fue fugaz, tuvo un horrible
final fruto de nuestra eterna juerga, una mañana mi compañera
de piso lo aplastó, el pobre se quedó allí muertito contra
la pared, todavía era chiquitín y la loca de mi amiga
abrió la puerta con violencia, quería darme un susto-sorpresa
disfrazada de bailarina hawaiana y al grito de "tachán,
tachán" abrió fuerte la puerta llevándola hasta la pared
sin que al adormilado gato le diera tiempo ni a moverse
y allí se quedó aplastado, una bolita de pelos que a mi
me horrorizó y que ella debió meter en una bolsa, yo no
sé que hizo con semejante paquete y nunca se lo he preguntado,
he preferido no saber.
Ya
algo después llegó este gato-despertador que desde entonces
ha estado conmigo, este gato cariñoso y tranquilo que
se ha amoldado perfectamente a mis costumbres, solo que
no puede viajar, se pone malísimo, sufre y babea, entonces
sí que maúlla, y es de pura angustia, de que no puede
pasar por ese trance y tu que no sé si permanecerás o
no pero que estás con nosotros en estos días, tu que no
le dejas subir al sofá pero que nunca le estamparás contra
la pared.