Premio
mi vida siendo miembro de una profesión insultada.
He tenido el privilegio de ser testigo en la sala
de ensayos de grandezas de una magnitud y con una
frecuencia poco vistas en el escenario. He oído y
he visto cosas más divertidas y hermosas en la mesa
de los técnicos en medio de un rodaje nocturno que
cualquier otra cosa que haya oído cualquiera en cualquier
cultura mayoritaria.
He
jugado a las cartas con Roland Winters, que había
interpretado el papel de Charlie Chan; he jugado a
billar con Neil Hamilton, que había trabajado en The
Informer. Un día crucé una habitación para presentarme
a la que obviamente era una joven bellísima y esbelta
con una melena pelirroja increíble (sólo la veía de
espaldas), y cuando se giró, me encontré hablando
con Lillian Gish, y habló conmigo, durante media hora,
del señor Griffith
He
trabajado con Don Ameche, que me explicaba historias
de su infancia en el salón de su padre en Kenosha,
Wisconsin. Hice una obra con José Ferrer, que había
sido el mejor Cyrano del mundo, y otra con Denholm
Eliot, que después de dar un mordisco a una ciruela,
me dijo que le recordaba el derrière de Sonja Henie
Escribí
mi primer guión para Bob Rafelson. Su tío, Samson
Rafelson, había escrito El cantor de jazz, la primera
película sonora y, a través de Bob, escribió unas
notas en mi primer guión.

Alguien
dijo, hablando sobre el entrenamiento de vuelo de
un aviador de la marina de guerra de los Estados Unidos,
que no había suficiente dinero en el mundo para pagarlo,
que sólo se podía conseguir por el mérito. De la misma
forma, el progreso, la subsistencia, la amistad, la
atención, en el teatro, no tiene precio para mí y
sinceramente ha sido, después del amor a mi familia,
el deseo que ha guiado mi vida: ganar y mantener,
gracias al mérito, un lugar en nuestra profesión culturalmente
insultada. He sido afortunado por haber nacido en
una época en que todos los actores entraban en el
mundo del espectáculo a través del escenario. Entonces,
cuando era joven, ningún escritor, actor o director
empezaba en la televisión o en el cine. Eso significa
que mis amigos y yo aprendimos, o tuvimos la oportunidad
de aprender, la utilización del viejo barómetro del
mérito teatral: el público. ¿Es divertido? Bien, ¿el
público se reirá? ¿Es emocionante…., suspirará? ¿El
final del segundo acto es sorprendente…, se les cortará
la respiración? (Se puede robar del público una ovación
con todo el teatro puesto en pie. Un corte de respiración,
no.)
He
tenido la fortuna de crecer en un ambiente que facilitaba
preferir las cosas bien hechas a las de pacotilla.
Las cosas bien hechas pagaban el alquiler. La obra
bien hecha, la escenografía, el diseño de iluminación,
la dirección, la buena interpretación, tienen que
ser auténticas. La simple verdad puede ser el resultado
de una disposición natural, o aparecer después de
años de difíciles estudios, sólo es asunto vuestro.
Los
halagos de la fama, el dinero y la seguridad están
muy bien. A veces han de ser silenciados, a veces
ha de ser consentidos, al igual que en cualquier otra
esfera de la vida.
¿Qué
es auténtico, qué es falso, qué es, finalmente, importante?
No
es ninguna señal de ignorancia no saber las respuestas,
pero es un gran mérito afrontar las preguntas.
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